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Canción de hielo y fuego.

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Canción de hielo y fuego.

Mensaje por Invitado el Lun Ene 09, 2012 10:47 am

PLAY VIDEO. THANKS.


Aquella mujer era una simple hechicera, y aunque podía matarme con tan solo señalarme, no lo hizo. No muchas personas se atreverían a acercarse a un monstruo que está destrozando las vidas de las personas que residían en la misma aldea.

Me encontraba en mitad de un puente, con un niño entre mis manos y mis colmillos en el, no hacía falta decir que estaba haciendo, pues no tardo en estar muerto. Cuando me disponía a mirar al frente y saber quién sería el próximo, visualice a una anciana de pelo canoso y con una manta sobre los hombros que se acercaba con pasos torpes ayudada por un bastón. No sería complicado arrebatarle lo poco que le quedaba de vida, pero antes de que diera un paso en su dirección su mano se alzo, imponente, poderosa y fue como si alguien pulsara el botón de pausa. Todos mis músculos se relajaron, mi cuerpo entero lo hizo, pero mis ojos y mis colmillos seguían presentes.

Llegaría a decir, que incluso me cegó, pero sé que esa sensación la obtengo por lo paralizada que me quede. No supe cómo, pero consiguió encerrarme en su casa, o lo que quedaba de ella. Me acuerdo de ver una pequeña hoguera que le daba el calor humano a aquella anciana, y de cómo ella sacaba un trozo de carbón ardiente. Cogió el trozo con unas pinzas de acero pesado y alzando el carbón prendido, me lo puso entre las manos.

Se que hizo eso por lo que oi, y porque en mis manos experimente el dolor de cómo me quemaba aquel material. Cuando no pude mas, lo deje caer al suelo produciendo un ruido seco, cosa que no me encajaba con el ruido que suele hacer algo ardiendo, tendría que haberse roto en pedazos y dejando un leve chispeo de brasas. Pero a cambio, frente a mis pies, había una piedra perfectamente ovalada, transparente y brillante.

Trabajo rápidamente, recogiendo la piedra y con una mano produciendo un brillo sobre ella que me dolió mirar, lo unió a una cadena sencilla, y lo ato a mi cuello.

Desde que la piedra rodeo mi cuello, no vi nada más que una sola imagen, la de mi madre y sus ojos brillando ante la muerte. Tres días duro aquella imagen frente a mis ojos, tan solo podía verla a ella a punto de morir y deseaba poder salvarla.

Me desperté en mitad de la noche, una en la cual el frio era sumamente gélido y con un silencio sepulcral.

-Cuando el viento deje de soplar, cuando el sol deje de iluminar, cuando dejes inundarte de dolor, el colgante te protegerá-Recito en voz rota, parecía no tener fuerzas- Pequeña, no te lo quites nunca, tu dolor es demasiado grande para el mundo… y si el dolor inunda a la humanidad, estaremos perdido para siempre.-Respiro con dificultad mientras sus pulmones se resistían.

En ese instante, puedo decir como cualquier persona humana, que empezaba a poseer cierto uso de razón. Pero tenía que aprender aun a controlar mi venganza, no a mi sed, y la venganza se filtro en mi hambre para que, cuando bebiera de alguien, su vida fuera una pequeña muestra de venganza y desprecio. Pero aunque el colgante me hubiera cerrado de los pensamientos, los remordimientos que me creaba el matar a alguien se acumulaban en los recuerdos más dolorosos y dejándome sentirlos suavemente cada vez que me torturaba.

Reconozco, que me auto torturo en demasiadas ocasiones, y otras, es el mundo el que me tortura a mí. Dejo que lo hagan y dejo que mi cabeza piense en el pasado y mi pecho de destroce. Pero era sencillo poderlo sentir, lo complicado era levantar la cabeza sin dejar rastro de las emociones que cruzan por tu interior amenazándote con hacerte derrumbar una vez más, si, eso era lo complicado de mi vida, y es lo que sigue siéndolo.

Aunque muchos penséis que mi vida se solucionaría con aquella simple joya, estáis muy equivocados. Guarda el dolor, los malos recuerdos, y todo lo que cualquiera desee olvidar, pero no te aísla de ellos, sigues con el vago recuerdo de aquello, y si intentar recordarlo más, vuelven tan fuertes como en un principio.

Mi historia comienza realmente en el año 1753, aunque engañándome a mí misma, prefiero recordar 254 años de mi existencia, y son los años que me doy de edad cronológica. Si, las cuentas salen bien, tengo realmente 378 años.

La historia ha pasado por manos de muchos humanos que la han intentado estudiar, aunque realmente la historia solo la conoce quien la ha vivido, y observa cómo se modela al gusto de cada persona. Mi padre, Iván VI, murió siendo algo mayor entre mis manos, pero la historia dice que murió a la edad de 23 años, algo extraño, pues que yo recuerde vivió un poco más. Por otro lado, mi madre murió más joven y sin en cambio, escrito esta que vivió 64 años. Dejare que la humanidad crea esas mentiras y yo quedarme con la autentica verdad.

En 1903, los Bolcheviques crearon polémica, siendo así culpables de la caída del imperio Romanov, uno de mis lazos de sangre más fuertes en la historia. Los americanos derrotaron a mi familia, pero más tarde, lo poco que quedaba en pie, fue completamente arrebatado.
En la madrugada del 18 de julio de 1918, fue cuando finalmente se acabo la historia de los Romanov, contando con un crimen poco limpio.

Entre tanto, yo me encontraba dando vueltas por el mundo, cruzándome con iglesias que creían que los vampiros temían al cristianismo, y a sus emblemas sagrados. Sin duda fue divertido demostrarles que no era así, interrumpí una misa una noche, dejándome ver ante los ojos de los humanos que habían allí presentes creando la leyenda del fantasma de una Romanov. Cosa que era mentira a medias.

Admito que me gane que me tildaran de asesina, mate a un cardenal, y otros tres me impidieron seguir con mi fiesta particular. Cuento lo que me conviene, como cualquiera, pero creo que son datos buenos de omitir, pues no estoy orgullosa de eso.

Dejando de lado tanta sangre, también he sabido disfrutar, cuando me fue posible de mis gustos, el ballet, y la música. Pero de eso no hace tanto que gozo, pues hará como mucho 100 años que vivo como realmente soy ahora.

Un amanecer, no recuerdo bien el día, leía Romeo y Julieta, de mi queridísimo William Shakespeare, cuando a siglos de no haber hablado jamás por ahogar mi voz con sangre, leí una pequeña oración que me lleno el cuerpo.

El manto de la noche me esconderá de ellos, con tal de que me quieras que me encuentren aquí. Más vale que acabe mi vida por su odio, que prorrogar la muerte sin tener tu amor...

Algo que me ha acompañado siempre, y que amargamente, me ha ido dando la razón hasta el día de hoy. Julieta era… algo extraña, tanto amor y tan poco razonamiento. Aunque amargamente me he dado cuenta de que la llego a comprender.
Me sorprendí al escucharme, completamente segura de haberme olvidado del tono de mi voz, la repetí tantas veces como me fue posible hasta que empecé a perderle el sentido a pronunciar siempre lo mismo.

Tras aquello, mi sed disminuyo hasta cierto punto para luego llegar a Ciudad Oscura, donde ahora la vida se ha encaprichado por hacérmelo pasar mal conociendo a alguien especial.
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