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Días perdidos.

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Días perdidos.

Mensaje por Baltazar el Jue Jun 15, 2017 6:46 am

Un año atrás. Tierras nórdicas.

A kilómetros podía vislumbrarse un punto en llamas. Totalmente estático, como una antorcha que guiara a un viajero por aquel paisaje blanco y frío. Montañas cubiertas de nieve que habían tardado ya en empezar a derretirse. Pero aquello no era un objeto inanimado. Era una bestia de gran tamaño, sobrenatural, muy parecido a un león a ojos humanos. Con una hermosa y larga melena ondeando en llamas que se avivaban con el respirar gélido del lugar. Su mirada, incendiaria también, aún rezumaba sed de venganza, hambre de aquellos seres demoníacos a quienes había perseguido sin cansancio hasta acabarlos uno a uno. Esos seres que, eones atrás, lo habían engañado, torturado y desquiciado... Lo habían relegado a su existencia actual. A algo inmaterial que tenía que valerse del cuerpo de otro para resurgir.


¡Un parásito! La sola idea hacía renacer el odio que sentía y animaba a regresar sus pasos hasta aquella ciudad en donde sabía que encontraría muchos más. Oh, esa raza nunca se extinguiría... Y su ira tampoco.

Ya estaba a punto de poner en marcha su plan, cuando escuchó aquella voz en su interior. Tan conocida para él. Hacía mucho tiempo que había dejado de escuchar a Baltazar, el vampiro que le había 'proporcionado' su cuerpo inmortal para llevar a cabo su cacería. Y ahora volvía a escucharlo. Pero ya no eran palabras de maldición y furia lo que escuchaba, eran rugidos, muy feroces, como si hubiera perdido por fin la razón y estuviera luchando cual bestia, por desgarrarlo y abrirse paso a través de aquel cuerpo en el que había mutado al cambiar de naturaleza. Y bueno, razones no le faltaban. Estaba atrapado. Él, Azor, conocía muy bien esa sensación de impotencia, de ser tan solo un espectador de su alter ego por tanto tiempo. Él había actuado de la misma manera años atrás, cuando resurgió y lo relegó a él a las sombras.

Y entonces ocurrió algo que lo paralizó. Las llamas que lo envolvían fueron menguando lentamente. Y de todo su ser fue manando humo. Sentía como el fuego de su espíritu se iba consumiendo, debilitándolo. ¡No! ¿Cómo era posible? El vampiro no debería tener ya el poder para volver. Algo había en aquel lugar, podía sentir un poder muy antiguo que había interferido y despertado a Baltazar. ¡Maldito sea!

Rugió negándose aún a lo inevitable, observando como su cuerpo empezaba a disolverse en humo y cenizas. Volvía a cambiar.Volvía a las sombras...


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Re: Días perdidos.

Mensaje por Baltazar el Jue Jun 15, 2017 6:53 am

Y allí, tendido en un charco de cenizas y nieve derretida apareció el cuerpo maltrecho del nómada. Sus ropas desgarradas apenas lograban ocultar su cuerpo. Mostraba una piel translúcida y resquebrajada, fruto de años de inanición. El temblor que se apoderó de su cuerpo era lo único que delataba que estaba con vida.

Había vuelto. Solo los cielos sabían cómo lo había logrado. Después de tantos años de perderse dentro de aquel ser se había resignado a no volver. Pero allí estaba. Recordaba todo lo que había ocurrido. Sus pensamientos, ahora también eran los de él. Aún podía escucharlo, maldiciéndole. Gruñó para acallarlo pero entonces su garganta le respondió con un fuego terrible. Tenía sed. Intentó abrir los ojos pero el brillo del día hizo que los apretara aún más. ¿Cuánto duraría aquello? ¿Cuándo regresaría su fuerza? No tenía una sola pizca de sangre en su organismo, su regeneración sería nula por ahora.

Se concentró en su respiración, intentando apaciguarla. Esperó a que sus sentidos volvieran a trabajar y enviaran información a su mente, a ver si así lograba acallar a Azor. Maldita bestia, ahora conocía su nombre.

Y así se mantuvo durante horas, esperando a que el día cayera. Reuniendo fuerzas de la nada para poder levantarse y buscar alguna fuente de alimento.
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Re: Días perdidos.

Mensaje por Baltazar el Vie Jun 23, 2017 5:47 pm

Los minutos se extendieron terriblemente en aquel paraje inhabitable. Por momentos Baltazar daba gracias de encontrarse lejos de la civilización, no sentía la fuerza de voluntad que lo caracterizaba y que le permitía escoger a su presa. Se había jurado no derramar sangre humana inocente, pero ahora, después de vivir enclaustrado en Azor, había llegado a la determinación de que hasta ese voto le parecía insuficiente. ¿Quién era él para juzgar quien merecía o no ser víctima de sus colmillos? Creía que la sangre humana le permitía ser más fuerte y le proporcionaba mayor resistencia ante los ataques de aquel ser, pero después de lo ocurrido no había nada que sustentara su teoría.

Ni un humano más. Por favor, que no sea uno el primero en cruzarse en mi camino. No resistiré. Imploró suplicante, deseando que el destino por una vez le concediera su deseo. Se retorció en su lugar ante un nuevo ataque de sed. El ardor en su garganta se había extendido por todo su cuerpo. Las llamas le abrasaban de tal modo que por instantes Baltazar deseaba la quietud de la muerte. Por dentro ardía, mientras que en el exterior el frío iba recuperando territorio, cubriendo el cuerpo del inmortal con una fina capa de hielo.

Pasaron muchas más horas hasta que por fin el pálido resplandor de aquel día se extinguió y la más absoluta oscuridad lo cubrió. Solo entonces Baltazar se animó a abrir los ojos y poco a poco comenzó a estirarse hasta quedar tendido boca arriba. La noche era su madre, jamás la había sentido tanto como en aquel momento. Era cálida. Lo protegía. Hacia que el dolor que sentía fuera un poco más llevadero. Y le ofrecía alimento... No supo que fue lo que llegó primero: si el sonido de los latidos del corazón o el olor de la vida que se acercaba. Ni siquiera se detuvo a reflexionar de quién o qué se trataba. Su cuerpo se movió sin necesidad de que se lo ordenara hasta aferrarse a su presa. Un hermoso alce adulto con una impresionante cornamenta con la que respondió al ataque del vampiro. Baltazar fue lanzado al aire y cayó a metros del animal. Ambos se miraron durante un instante, reconociéndose. La sed bramó en su interior y el vampiro se lanzó de forma más premeditada. El abrazo fue perfecto.

Los litros y litros de sangre fueron consumidos rápidamente por su organismo, regenerándolo y devolviéndole el esplendor propio de su raza. Su cabeza volvía trabajar también: ¿En dónde se encontraba? ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que fuera poseído por aquel león infernal? ¿Qué había sido de su vida? De las personas que había dejado en Ciudad Oscura y que contaban con él... Quería regresar, ¿pero acaso eso le devolvería su vida? Si no tenía control sobre aquella bestia nada le aseguraba que la historia no volvería a repetirse... Y aquel lugar, había sentido un gran poder, tan claramente... un poder que logró sacarlo de las sombras. Debía descubrir que secretos guardaba ese territorio.
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Re: Días perdidos.

Mensaje por Baltazar el Lun Jul 10, 2017 3:17 pm

A velocidad inhumana recorrió el gélido territorio por algunos horas, hasta llegar a unas costas que no eran desconocidas para él. El corazón se le congeló en el pecho -si es que eso es posible- al reconocer el mar que lo viera nacer: el mar del este o mar báltico, cuyo nombre inspirara el que le diera su madre siglos atrás. Exhaló muy hondo, respirando el memorable aroma, y conmovido, se inclinó a tocar aquellas tierras con reverencia. No estaba en Alemania, su tierra se hallaba al otro extremo del mar, pero casi se sentía en ella. Cuando era humano, las líneas que dividían los territorios no eran tan marcadas como en la actualidad, y así lo sentía ahora. Casi en casa. Era lo más cerca que podía estar de su hogar.
Austmarr —Susurró, dejando que sus ojos pasearan por el precioso mar congelado. Había jurado no volver a pisar su país, no después de haber derramado esa preciosa sangre inocente cuando aún era un descontrolado neófito. Esa culpa le acompañaría por siempre. Cerró los ojos por un instante, asintiendo al viejo juramento y también al nuevo. No volvería a derramar sangre humana. El descubrir dónde se encontraba apuntaló aún más su determinación.

Varios minutos después sintió la llamada de aquella misteriosa fuerza, palpitándole en el pecho y en las venas. Era algo poderoso, imposible de ignorar. Se puso en pie, grabó el paisaje en su eterna memoria y regresó sus pasos hacia donde se hacía más fuerte el llamado. Volvió a cruzar bosques congelados y abismos que felizmente lo alejaban de las grandes ciudades y volvió a internarse en las montañas, no muy lejos de donde despertara. Y entonces volvió a desaparecer. Era como un interruptor que se encendía y apagaba. Le mostraba el camino, para luego dejarlo a ciegas. Baltazar se preguntó con recelo quién estaría detrás de aquel fenómeno. Sus ojos recorrieron impacientes el frío escenario. Podría quedarse allí horas a esperar a que el poder despertara otra vez sus sentidos, y aunque éstos le indicaban que estaba solo, él se sentía observado. Suspiró, fastidiado.

Mi atención es toda tuya. —Habló fuerte aunque sin gritar. Fuera quien fuera seguramente le escucharía a la perfección —¿Y bien? ¿Seguirás jugando a esconderte?... Ya he perdido demasiado tiempo.
Lo último fue un susurro, más para sí mismo que para su misterioso interlocutor. A él le había parecido una eternidad estar atrapado en Azor. Había perdido la cuenta de los días y noches transcurridos. Debían haber pasado varios años. La nieve bajo sus pies descalzos resultaba incómoda. Igual que el viento que se metía por entre sus ropas desgarradas. Si bien no sufriría de hipotermia, deseaba un cambio de prendas urgentemente. A punto de poner en marcha esta última idea, volvió a sentir el misterioso poder: ancestral e inhumano. Baltazar no lo pensó dos veces. Usando toda su velocidad fue tras él temiendo que desapareciera nuevamente.

Para cuando desapareció, ya Baltazar había vislumbrado de donde brotaba la poderosa fuerza que lo atraía. Era un anciano. Un humano que caminaba hacia él apoyado en un cayado de madera, ataviado con pieles de animales que lo protegían del inclemente ambiente. El vampiro se quedó quieto, sopesando la situación. Era su primer encuentro con un mortal, pero ese no era uno más. No se dejaría llevar por el aspecto frágil que era evidente por su avanzada edad. No. El anciano caminaba con la dignidad propia de sabios que poseen conocimientos antidiluvianos. Y además, no podía ignorar el sentimiento de furia que despertaba en el monstruo que encerraba dentro de él. Podía sentir de forma casi física como Azor paseaba de un lado a otro, como un león enjaulado, listo para estirar las zarpas al menor descuido.
—Así debía ser. —Sin dejar de acercarse a él, el humano habló en una lengua nórdica, muy parecido al noruego, pero el que se usaba varios siglos atrás. No había vacilación en su andar, ni en su voz—. Debía esperar a que recuperaras tu voluntad y conciencia. Y también que recordaras de donde provienes.

La sorpresa mudó las facciones del vampiro. El viejo se detuvo. Ya se había dado cuenta que estaba siendo vigilado, eso no era sorpresa, pero las últimas palabras... ¿Cómo era posible que supiera eso?
No es muy educado de tu parte rebuscar en mi mente. —Contestó el vampiro, usando el mismo dialecto. Aunque no lo hubiera hablado desde que era un mortal sediento de aventura, su hablar fue perfecto.
—No necesité leer tu mente. Al igual que yo, tú hueles a estas tierras. Llevas este territorio en las venas...
Bueno... Creo que eso se lo debemos al alce —Mencionó en tono mortalmente serio. El anciano rió de tal forma que a Baltazar el sonido se le antojó cálido, y contagioso. No pudo reprimir una sonrisa. Y mientras escuchaba el eco de aquella risa en las montañas, Baltazar fue quien avanzó esta vez, acercándose a él, hasta una distancia prudente. El anciano chasqueó con la lengua sin dejar de observarlo como si supiera todo de él.
—Niégalo si quieres. Trata de engañar a este pobre viejo. Yo sé quién eres, Baltazar. He visto tu agonía mientras esa bestia infeliz te dominaba. Nuestros dioses se han apiadado de ti. Y de mi pueblo también. Ellos han respondido por fin... Te necesitamos. Y tú, a nosotros. Ven conmigo. Vamos a que te cubras y refugies. Amanecerá pronto.
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